La verdad es que nunca estuvo en mis planes el seguir la vocación sacerdotal.

El contexto de mi vida tenía mucha fiesta, varios excesos, pero también contaba con una familia increíble, el mejor grupo de amigos del mundo, una formación llena de oportunidades, los apostolados en los que participaba regularmente, la Misa dominical, mis ligas de fútbol, etc. Creía tener todo y la verdad es que era realmente feliz.

Mi historia vocacional comienza el 7 de marzo del 2017, con 22 años de edad. Iba  en mi auto por la calle Santa Teresita, un día común y corriente de vuelta de la universidad. Eran aproximadamente las 11 de la mañana cuando, escuchando mi lista de Spotify (la cual tiene más de 400 canciones y muy rara vez la dejaba en modo aleatorio), Dios me llamó por medio de una canción.

Como era de esperar no tenía muchas canciones de Misa en mi lista. Para ser específico solo tenía dos, y, una de ellas era “La niña de tus ojos”. La tenía porque me gustaba mucho, aunque muy rara vez la escuchaba. Ese día martes fue especial, sentí que Dios estaba sentado al lado mío diciéndome acorde a la letra de la canción: “¿Me amas más que a tu vida? Quiero que seas sacerdote”.

Yo me cuestionaba pensando, “¡me amaste a mí!”, “¡te amo más que a mi vida!” PERO…, ¿con qué cara le iba a decir al mundo que Dios me llamaba a ser sacerdote cuando vivía una vida totalmente incoherente a la que implica llevar a cabo esta vocación.

Me encaminé a hablar con mi director espiritual para contarle lo que Dios me estaba pidiendo. Fue entonces cuando me dijo que si quería darle una oportunidad, debía vivir de manera más ordenada, lo cual implicaba estar en vida de gracia e intentar ir a Misa la mayor cantidad de veces a la semana. Sucedió que al día siguiente que hablé con él y que me confesé, yendo a la universidad y en el mismo contexto anterior, Dios me regaló nuevamente la canción. Esta vez mi respuesta fue diferente: decidí que lo intentaría para no tener en mi conciencia el haberle dicho que no a Dios.

Así pasó un mes hasta que me empecé a auto-convencer que por dos canciones de Spotify no podía irme al noviciado. Fue un semestre que batallé entre la vida de fiesta y seguir a Dios, aunque debo confesar que el llamado de marzo no lo podía sacar de mi cabeza.

Ya en julio se venía uno de los apostolados que más me gustaba: el proyecto “Cruzadas Chile” (trabajos de invierno en el que se construyen capillas, se misiona y se medita mucho). Una semana increíble, la cual me ayudó a darle un sentido más coherente a mi vida.

Así llegó el 13 de agosto. Yo me encontraba en la playa, en la casa de uno de mis mejores amigos. Fue una conversación en la sobremesa donde me preguntaron: “Y tú, Matías, ¿cómo te ves cuando grande?”. Nadie de los que estaban presentes pensó en lo que había en mi cabeza. Lo de marzo volvió otra vez y, aunque no lo dije en voz alta, decidí darme otra oportunidad para discernir.

El 15 de agosto -día de la Asunción de la Virgen- fui a Misa en la sección de Reino y sentí ese fuerte llamado de dejar todo lo que en realidad quería en ese momento. Había muchas cosas por dejar y por eso recurrí nuevamente a mi director espiritual, para decirle que no quería irme al noviciado y después arrepentirme. Necesitaba que Dios me llamara de una forma más explícita. Lo que yo quería es que Dios se me apareciera y me dijera: “Deja todo y sígueme”.

Fue el 17 de agosto cuando le di el sí definitivo. Coincidía que en esa Hora Eucarística mi director espiritual compartió su testimonio vocacional. Su historia tiene una gran relación con el llamado a los primeros discípulos, algo que a mí me llamó fuertemente la atención, y me hizo pedirle a Dios un llamado semejante.  Pensé en ese momento: “Esto es entre Dios y yo”. Así que me dediqué a rezar para que me regalara nuevamente la canción y así entregarle mi vida para seguirlo. Explícitamente se la pedí al final, sabiendo que no la habían cantado en todo el año, salvo una vez en el Rosario antes de que iniciara la Hora Eucarística. Vino la canción de la comunión y nada. Me quedaba una oportunidad que era la última canción donde las personas se retiran, y ¿qué pasó…? Nada. Pero su gracia me hizo confiar plenamente en que “La niña de tus ojos” iba a sonar sí o sí esa noche. Fue entonces cuando la persona que estaba en el coro tomó su guitarra y se puso a cantar la canción. Era la señal definitiva que Dios me regalaba para mi seguridad, la cual reafirmé todavía más cuando fui a una de las salas de la sección y, abriendo un Evangelio al azar, me salió el pasaje de Mc 1, 16-20: “Vocación de los cuatro primeros discípulos”.

Habiendo pasado casi un mes, asistí a unos ejercicios espirituales de fin de semana. Lo primero que hice fue dirigirme a una gruta donde estaba la Virgen, y ahí sentí realmente su presencia. Fue un momento muy especial, en el cual me encomendé a Ella para que me guiase siempre en mi vida. Así fue el sábado 30 de Septiembre cuando entré a un escritorio y me encontré dos tarjetas en un lapicero. En la primera estaba la oración de Consagración al Inmaculado Corazón de María, la cual recé fervorosamente. En la otra decía: “Los ángeles anunciaron mi venida, se tú mi mensajero. Te regalo mi humanidad para engrandecerte. Jesús”. Luego me dirigí a mi habitación para aprovechar de leer un libro que apurado saqué de mi casa antes de salir rumbo a los ejercicios. Lo llevé porque tenía que empezar a aprender un poco sobre su vida, pero no me di cuenta que el título era: “El Evangelio de Jesús” (solamente que explicados con mapas y de una manera más didáctica). Lo abrí al azar y nuevamente: “Explicación del pasaje: Jesús llama a sus cuatro primeros discípulos”. Después de esto, salí a ver a la Virgen para agradecerle los regalos que me había concedido. Al momento que le dije gracias, se formó increíblemente un arcoíris en ese lugar.

Debo decir que ese fue el día más feliz que he vivido, día en el que me di cuenta que al dejar que Dios ocupe mi vida, ya no solo soy realmente feliz, sino que lo soy de forma extraordinaria.

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