“¿Por qué yo, Señor?, Don y Misterio”, historia vocacional del H. Mateo Arias, LC

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«¡Ay, Señor mío! Mira que no sé hablar, que soy un muchacho.»

(Jr 1,6.)

Cuando tenía apenas once años (o sea hace trece) salí de casa dejando atrás a mi familia, amigos, colegio, etc. ¿A dónde me dirigía? A un lugar que había conocido hacía apenas tres o cuatro meses atrás y que me había cautivado; el plan era quedarme para siempre.

Ahora que miro hacia atrás creo que fue una decisión quizá radical para mi corta edad y por eso hoy puedo entender a quienes todavía no la comprenden. ¿Cómo puede un niño de apenas once años hacer un cambio tan drástico en su vida? ¿Qué vi yo en ese lugar que fui capaz de salir de mi zona de confort y a tan corta edad volver a empezar todo de nuevo? Nueva casa, nuevos amigos, nuevos profesores, nuevos entretenimientos, nuevo día a día. Éstas son preguntas a las cuales ni yo mismo he encontrado una respuesta satisfactoria; por ello no culpo a aquellos que afirman que a tan corta edad parece incierto tomar una decisión tan radical.

Y es que en la vida hay situaciones y experiencias que simplemente nos sobrepasan y de las cuales nunca encontraremos una explicación racional o matemática como aquella de dos más dos es cuatro. Es aquí cuando uno comienza a considerar seriamente la posibilidad de que detrás de una decisión de ese tipo hay algo más que el mero sucederse de acontecimientos humanos; hay por así decir algo que se sale de nuestras manos y que definitivamente pertenece a otra instancia fuera de la nuestra, que simplemente nos sobrepasa.

Es por esto que cuando se habla de la vocación creo que no existen mejores palabras para expresar su sentido que aquellas usadas por San Juan Pablo II: Don y Misterio. Sí, toda vocación es un don y un misterio. Don, porque es algo que no pertenece, que te viene dado por otro y que no es mérito tuyo; y misterio porque simplemente te cuestionas, muchas veces sin encontrar respuestas ¿Por qué yo? ¿Por qué no tantos otros que yo conocía y que eran mucho más cualificados? ¿Por qué cuando era sólo un niño? ¿Por qué continuo hasta el día de hoy?

Han pasado ya casi trece años desde aquel día que vi a mi mamá derramar amargas lágrimas ante la partida, temprana y repentina, de su único hijo varón; era una bella tarde del mes de noviembre del año 2005. Lo que me esperaba en el seminario ni yo me lo imaginaba: lo único que tenía claro en mi mente y en mi corazón es que ese era mi nuevo hogar. El cómo y el porqué de esa repentina y fuerte convicción no fue un problema para mí en aquel entonces, y como he mencionado antes, la respuesta que hoy encuentro a estas interrogantes es simplemente una2: don y misterio que me sobrepasan.

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Sin embargo, puedo ahora afirmar con el corazón que seguir al Señor ha sido seguir un camino lleno de sorpresas y aventuras, de alegrías y gozos, y por qué no, de cruz, lágrimas y sacrificio. También reconozco y soy testigo fidedigno de que el Señor cumple su promesa: «Y todo aquel que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o campos por mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará vida eterna» (Mt 19, 29). Cien veces más. Es eso lo que yo he experimentado desde aquella tarde de noviembre del año 2005. Mi núcleo familiar de cuatro miembros se ha convertido ahora en una comunidad de 120 hermanos; en trece años he vivido en cinco casas diversas, en cuatro países diversos y he tenido la oportunidad de enriquecerme con nuevas culturas, nuevas lenguas, nuevos lugares. ¿Y lo que aún viene por delante? De eso ni me preocupo pues ya me he acostumbrado a dejarme sorprender por Él. Ante todo esto surge de nuevo aquella pregunta: ¿Por qué yo Señor? O puesto en palabras de Lope de Vega: ¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?

Sé que esta manera de ver las cosas puede parecer para algunos algo irracional y me atrevo a decir que en cierta parte lo es, pues como dice la Sagrada escritura: «Porque no son mis pensamientos vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos» (Is 55,8). Ciertamente se requiere mucha fe para ver la mano de Dios detrás de todo esto y reconocer que su actuar simplemente quiebra nuestros esquemas. Por eso ahora miro al futuro con gran esperanza, consciente de que no faltarán los momentos de cruz y sacrificio, pero cierto de que Dios seguirá sorprendiéndome. Soy consciente de mi debilidad y miseria y cuando las contemplo, me siento infinitamente indigno ante la belleza y la sublimidad del don recibido. Pero escucho también aquellas palabras dirigidas al profeta Jeremías: «No digas: “Soy un muchacho” … lucharán contra ti, pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte» (Jr 1,19).

No me arrepiento de haberle dado al Señor los mejores años de mi vida, de haberle dado mi niñez y mi juventud. Si volviese a nacer no pensaría dos veces en repetirlo. Por eso, hoy que miro para atrás y que, como dice el Papa Francisco a los religiosos, hago la memoria del corazón, no me queda más que exclamar con el salmista: «El Señor es el lote de mi heredad y mi copa; me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad.»(Salmo 15,6).

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