“El flechazo de Dios”, testimonio vocacional del H Fernando Bustos, LC

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¿Cuándo sentí el llamado al sacerdocio? Esta pregunta me la han hecho más de una vez y nunca he encontrado una respuesta concreta. Hay personas que recuerdan el momento exacto, el mío es más bien un ir profundizando el plan que Dios ya había trazado desde antes de nacer (cf. Jer.1, 5).

Desde muy pequeño, Dios me concedió una familia en la cual la fe algo esencial y, al mismo tiempo, algo muy natural. Pensaba que lo normal era ir a Misa y rezar el rosario varias veces a la semana, confesarse cada semana, leer todos los días algún libro espiritual. A la vez era un niño normal, bueno más travieso de lo normal por la cantidad de veces que terminé en la dirección.

Esto que para mí era normal, cambió cuando un padre vestido de clergyman negro entró a mi salón y nos dió una plática sobre los diversos caminos para llegar al cielo. Lo importante llegó al final, la pregunta: ¿te gustaría conocer la apostólica? Realmente me daba igual, pero vi que varios de mis amigos se habían apuntado y me sumé.

Así con once años llegué a la apostólica del Ajusco para pasar un fin de semana con mis amigos. Lo que no me imaginaba es que en poco tiempo sería mi casa. En ese recinto perdido en la montaña a las afueras de la Ciudad de México, encontré una felicidad y una caridad que no había conocido antes: era el modo de vivir de los apostólicos.

Al llegar a este punto uno podría pensar que ese fue el flechazo de Dios, pero el encanto de la apostólica se perdió en el día a día de un niño de sexto de primaria. Lo que no sabía es que Dios estaba detrás de todo y, varios meses después, regreso el mismo padre; pero ahora no se dirigió al salón, sino que buscó a aquel niño para invitarlo a un cursillo de verano.

Realmente no me interesaba; pero no me atreví a decírselo al padre, por eso le dije que tenía que hablarlo con mis papás. Él no perdió ni un segundo y me dijo que esa noche iría a la casa de mis papás para hablarlo juntos.

Al salir de la escuela, le conté a mi mamá que unos padres iban a ir a visitarnos, ella me creyó lo mismo que si le hubiera dicho que las vacas volaban. Habían pasado las diez de la noche y llovía a cantaros cuando sonó el teléfono y era nada menos que aquel padre perdido buscando mi casa. Mi papá salió a buscarlo y, ante el asombro de todos, estábamos sentados en la sala pensando en el cursillo de verano. La suerte estaba echada y después de otra visita del padre estaba preparándome para ir un mes a la apostólica. De hecho, mi mamá pensó que en una semana estaría de regreso. Esa semana se han convertido en quince años, que con la gracia de Dios durarán para toda la vida.

Creo que alguno diría que para el cursillo de verano ya estaba convencido de mi vocación al sacerdocio; sin embargo, no me había pasado por la cabeza ser sacerdote. Paradójicamente para mí lo más normal era conocer a padres, todas las semanas me confesaba con un padre del Opus Dei –que en lo que le permitía mi corta edad, era mi director espiritual-, conocía muy bien a mi párroco porque mi mamá era catequista, uno de mis tíos era sacerdote misionero, varios de mis primos eran seminaristas diocesanos y la lista podría continuar.

A pesar de que no sabía realmente cuál era mi vocación, entré a la apostólica feliz. Sí, feliz porque ese era mi lugar y curiosamente ese era el objetivo de la apostólica: descubrir cuál era el camino que Dios había planeado para mí. Es en este momento cuando la historia se pierde en el misterio de Dios, pues a lo largo de los cinco años en la apostólica, Jesús me fue mostrando que mi camino era la vida religiosa en la Legión. No hubo un momento concreto, fue más bien como una semilla que en silencio iba creciendo de modo casi imperceptible.

Fue terminando el cuarto semestre de preparatoria que esta planta mostró su tamaño, pues tenía que tomar una decisión fundamental: entrar al noviciado y comenzar la vida religiosa con toda la seriedad. Fue un momento decisivo pues era dejar todo para seguir a Jesús, dejar a mi familia, dejar la preparatoria para terminarla después, dejar a muchos de los compañeros que había tenido, dejar posibles sueños, en definitiva, dejarme a mí mismo.

La radicalidad de la decisión quedó sellada con los ejercicios espirituales de ocho días y la entrega de la sotana legionaria. A partir de ese momento Jesús continuó actuando y mostrándome, cada vez de modo más profundo, que me quiere sacerdote y sacerdote legionario. Cada día es un penetrar un poco más en este misterio.

Esto no quiere decir que no haya habido dificultades, momentos de duda y crisis; sin embargo, han sido los momentos en los que he recibido más gracias y he visto cómo Jesús ha continuado sosteniéndome.

Recuerdo, en concreto, un momento de dificultad. Después del noviciado, terminé el último año de bachillerato, al mismo tiempo que estudiaba humanidades clásicas. Entre las clases, tareas, estudios, exámenes, poco a poco el centro de mi vida estaba cambiando de Jesús a un estudiante que rezaba más de lo normal. Fue en este momento que llegó una tentación en forma de pregunta muy suave e inocente, pero profunda y amarga; ¿realmente esta es mi vocación o fue un invento mío, un capricho mío? Cabe recordar que entré a la apostólica con once años y había descubierto mi vocación de modo muy progresivo. Esta pregunta me hizo regresar a ver mi propia vida y descubrí cómo Dios había ido preparando todo y que mi vida había estado llena de “diocidencias”; además me hizo pasar más tiempo frente a Jesús en la Eucaristía y fue ahí, cara a cara, que esas dudas fueron dando paso a la respuesta. Dios había permitido esa crisis para que sólo confiara en que Él era quien me había llamado a estar a su lado como sacerdote legionario y no por algo que yo hubiera hecho, sino por su amor.

Ahora estoy terminando mi periodo de prácticas apostólicas. En el he descubierto muchas cualidades y defectos; muchas alegrías y tristezas; muchos éxitos y fracasos, sin embargo he comprendido, una vez más, que no importa lo que yo sea o haga, sino lo que Él quiera. Es Él quien da el fruto, es Él quien toca los corazones de las almas y es Él quien permite todo lo que pasa en nuestras vidas.

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