“Bendice mi alma al Señor, y nunca te olvides de Él”. Testimonio vocacional del P Antonio Lemos

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Padre, tengo que hablar con usted ahora. Entonces, él me respondió, ahora estoy un poco ocupado, ¿te parece en otro momento? Y con una gran convicción respondí: Padre, es de vida o muerte. Él al escuchar mi comentario, quedó pálido y asustado, entonces aceptó hablar conmigo en ese mismo momento.

Era el mes de Enero de 2016, estaba en un avión viajando de Manila a Roma. Había participado como traductor en el Congreso Eucarístico Internacional en Filipinas. Fue realmente una experiencia particular. Nunca imaginé que un día ayudaría a evangelizar en Asia, lejos de mi amado Brasil. Tuve la oportunidad de conocer varias personas y lugares del mundo, hacer nuevos amigos, aprender de la cultura oriental (tan rica y peculiar) y, lo más importante, compartir con muchas personas mi fe y amor a Jesús Cristo. En el vuelo de regreso, recordaba un retiro espiritual que había realizado 10 años antes para pensar sobre entrar en el seminario. En aquel retiro espiritual, durante una adoración eucarística, tuve una luz fuerte que me hizo arder el corazón. Pensé en cuántas personas en este mundo no conocían a Cristo. Dos de cada tres personas no son cristianos. ¿Quién les va a hablar de Jesús? Me di cuenta que Dios me estaba llamando. Sentía dentro de mí el deseo de ir por todo el mundo para compartir la alegría de ser amigo de Cristo. Y exactamente 10 años después estaba en el otro lado del mundo haciendo exactamente eso.

Bueno, ¿Cómo todo esto comenzó? Cuando tenía 15 años de edad, un amigo del colegio llamado Rafael, me invitó a participar de un grupo de oración de la Renovación Carismática en la parroquia. Acepté esa invitación, sin saber lo que sucedería. Después de algunos días, estábamos con algunos amigos rezando en una Iglesia; comenté que no conseguía rezar, puesto que me sentía indigno de hablar “com Deus”. Rafael abrió la Biblia y aleatoriamente comenzó a leer el siguiente pasaje: “El Señor no nos trata según nuestros pecados, ni nos castiga en proporción de nuestras faltas, porque así como los cielos están distantes de la tierra, así su misericordia es grande para los que lo temen” (Sal 102, 10-11) Inmediatamente sentí una profunda paz y por la primera vez experimente ser amado por Dios de verdad.

En esa ocasión, escuche hablar de los movimientos en la Iglesia; eran algo nuevo para mí. Rafael me explicó que Dios, por medio de los movimientos, llamaba algunas personas para participar de un carisma y espiritualidad especial dentro de la Iglesia, como era el caso de la Renovación Carismática Católica. Cuando él hablo de eso, sentí en el fondo de mi corazón la certeza de que Dios me estaba llamando a un movimiento, que tenía que descubrir a cuál movimiento me estaba llamando.

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Comencé a buscar en varios grupos y, siempre que conocía uno, procuraba participar de alguna actividad para ver cómo era. Cada vez que conocía un nuevo movimiento, me sorprendía cómo Dios concedía dones especiales a la Iglesia; pero con el pasar del tiempo, no sentía que aquellos grupos fueran para mí y me daba cuenta que tenía que continuar buscando.

En el 2004, Dios colocó en mi camino el Regnum Christi. En aquella época estudiaba derecho en la Universidad Federal de Paraná. Una amiga de mi madre, la tía Célia, miembro del

Regnum Cristi habló al respecto de los Legionarios de Cristo con ella. Un día ella organizó una cena con los legionarios en su casa. Estaban presentes dos padres y un joven colaborador. Lo que más me impresionó fue el ejemplo del colaborador. Ser colaborador, en el Regnum Christi, significa entregar un año de la propia vida como voluntario para la Iglesia y tener la oportunidad de vivir en una comunidad religiosa, hacer apostolado, conocer más la fe católica y enriquecerse espiritualmente y lo mejor de todo, es que ¡no necesitaba ser seminarista! Yo quería hacer esa misma experiencia de aquel joven.

El colaborar se llama Vinícius y nos volvimos buenos amigos. Después, él me invito a un campamento en el Pico de Paraná, una de las montañas más altas cerca de Curitiba. Fuimos con otros tres jóvenes y dos padres legionarios. Me impresionó de modo especial la caridad y el ejemplo de los legionarios. Después del campamento, pensaba con frecuencia en cómo sería bueno estar más cerca de Dios, a ejemplo de los legionarios.

En los siguientes meses, comencé a participar, con mi hermano André, de las misiones de evangelización de Juventud Misionera, un apostolado del Movimiento Regnum Christi. Era como si el Regnum Christi estuviese hecho para mí. Aquella búsqueda de cinco años llegaba a su fin. Sentía una identificación mucho más profunda con el movimiento, en particular por el deseo de conocer la fe y de evangelizar. Cada momento era una oportunidad para transmitir a Cristo y la alegría de seguirlo, por eso decidí unirme al Regnum Christi.

Algunos meses después, estaba de camino a la universidad para hacer el examen de derecho constitucional; cuando llegué a la sala de clases, uno de los mejores amigos, Glauber, se acercó para hablar conmigo, él estaba muy serio. “Tenemos que platicar después del examen, te espero en la entrada” Durante el examen me quedé preguntándome, ¿qué había sucedido? Él parecía muy preocupado. Cuando terminé, salí del salón de clases y percibí que mi amigo me estaba esperando en las escaleras de la universidad. Entonces recibí una noticia muy dolorosa: Paulo Henrique, que era su primo y mi amigo, había muerto en un accidente de autobús el día anterior.

Al escuchar esa noticia, mi alma se inundó de tristeza y confuso fui a la Catedral que estaba cerca de la universidad. Cuando llegué, la misa ya había comenzado, pedí por el alma de Paulo y sentí un vacío muy grande dentro de mí. Reflexionaba sobre la fragilidad de la vida humana. Algunos días antes había conversado con Paulo y ahora él estaba muerto. “¿Y mi alma? ¿Qué estoy haciendo con ella?” Quería algo que valiese la pena, quería hacer algo para Dios. La primera cosa que se me vino a la mente era hacer una experiencia con los Legionarios de Cristo y entregar mi vida como sacerdote en el Regnum Christi. Cuando pensé en eso, mi corazón comenzó a arder de emoción. Recuerdo que al llegar a casa, tomé el teléfono y llamé a un sacerdote legionario; pero antes de que él contestara la llamada, colgué. “Y mi familia, mi novia, ¿qué haré con mis estudios universitarios? En ese momento me invadió un gran miedo, decidí no llamar e ignorar mis sentimientos.

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Los meses pasaban y siempre que iba para la misa los mismos pensamientos regresaban, en el momento de la consagración, cuando el sacerdote levantaba la hostia que se transformaba en el cuerpo de Cristo, mi corazón ardía con el deseo de consagrarme a Dios como sacerdote; pero cuando la misa terminaba, al salir de la Iglesia, el miedo regresaba y dejaba en silencio mi interior.

Más o menos un año después, el primero de octubre -fiesta de Santa Teresa del niño Jesús-durante una adoración, uno de mis amigos del Regnum Christi anunció que en poco realizaría una experiencia en el seminario de los legionarios. Me quedé sorprendido, porque no esperaba eso de él; era un testimonio impactante para mí, porque él tenía apenas 17 años y mostraba ese coraje de entregar la vida a Dios y yo con 20 años, lleno de miedo. Sentí en mi interior que tenía que hablar con el legionario que era mi director espiritual. “Padre, tengo que hablar con usted ahora”. Él me respondió: “Ahora estoy un poco ocupado, ¿te parece en otro momento?” Y con una gran convicción respondí: “Padre, es de vida o muerte”. Él, al escuchar mi comentario, quedó pálido y asustado, entonces aceptó hablar conmigo en ese mismo momento. Le conté todo lo que me había pasado, todo lo que sentía y las ideas que tenía. Él me escuchó con mucha atención y me invitó a iniciar un proceso de reflexión y oración sobre el plan de Dios para mí.

Los meses que siguieron fueron una experiencia profunda del amor de Dios, me sentía verdaderamente cuidado por Él. Fue un tiempo de oración, escucha y diálogo con personas que me ayudaron de forma profunda en mi vida. Realicé dos visitas al seminario de los Legionarios de Cristo para conocerlos mejor y eso me ayudó a confiar que Dios me quería ahí. La dificultad de dejar mi familia y amigos era grande, pero la alegría que Dios me concedía al seguirlo, era mayor.

Hoy, miro hacia atrás y, después de once años, veo que valió la pena. Dios es un Padre amoroso que siempre nos da las gracias que superan nuestras expectativas. Nosotros solamente tenemos que confiar y seguirlo. Estoy muy agradecido por todo lo que Él hizo en mi vida. También doy gracias por el cariño y la paciencia de mi familia, sin la cual no tendría las fuerzas para seguir. Mi agradecimiento también se dirige a la Legión de Cristo y al Regnum Christi, a todos los sacerdotes, hermanos, consagrados y consagradas, los laicos que me aconsejaron y me prepararon en estos años para la misión tan maravillosa que comienza ahora. “Bendice, oh mi alma, al Señor y jamás te olvides de todos sus beneficios” (Sal 102,2).


El Padre Antonio Lemos nació en Curitiba el día 22 de mayo de 1983, estudio derecho en la Universidad Federal de Paraná (UFPR) de 2002 a 2006. Se adhirió al movimiento Regnum Christi en el año 2004. Dos años más tarde, entró al noviciado de los Legionarios de Cristo en Arujá, São Paulo. En el año 2008, realizó su primera profesión religiosa e inició el curso de Humanidades Clásicas en Cheshire, EUA; en seguida, curso dos años de filosofía en New York. En el año 2011, inició el periodo de pastoral (prácticas apostólicas) de 3 años en los escritorios de la administración de los Legionarios de Cristo en New York y en California. El día 27 de diciembre de 2013 emitió su profesión perpetua y en el año 2017, concluyó el bachillerato en teología en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum en donde actualmente cursa la licenciatura en Teología Moral.

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